sábado, 20 de agosto de 2011

Desde el pilón


Al encontrarme un día más frente al ordenador (ordenadores, de hecho), sesiones interminables de CFD mientras engullo una tras otra películas de los 80, porque esta semana me ha dado por ahí, teen-movies ochenteras, por amenizar un poco la rutina casi mecánica del CFD. Pero hoy el blog no va de cine, tal vez sea por la inspiración de un blog que he descubierto hace poco y estoy leyendo entero, hoy el blog va de mi pueblo.
Poco importa, la verdad, cual sea mi pueblo, un pequeño, pequeñísimo pueblo perdido en las montañas del sur de Salamanca, el típico pueblo rural, serrano, apenas un puñado de habitantes en invierno, apenas dos puñados de habitantes en las Fiestas Patronales, momento de máximo aforo. Esas fiestas que desde hace tiempo me dan una válvula de escape a la rutinaria vida del resto del año.
Igual es porque es el tipo de vida al que me he acostumbrado y ya no hay quien me saque de ella, igual es por los derroteros que ha tomado mi carrera en los últimos años, que me ha hecho pasar bastante tiempo delante del ordenador; combinado con vivir en uno de los pueblos más aburridos del extrarradio de Madrid, donde apenas hay nada que hacer y para cualquier cosa hay que coger el coche, o perder cantidad de horas en el transporte público. De cualquier manera, y creo no ser el único, nuestra vida actual se basa en mucho tiempo delante y/o dependiendo de aparatos como la televisión, el ordenador, el móvil y demás.
Y es por esta razón que al llegar a mi pueblo lo vi claro, y quise experimentar. Llegue y dejé el coche, tras la cerveza de rigor veo que mi experimento debía esperar 3 días para su aplicación total. Al menos tendría que coger una vez el coche para hacer unas compras y las fiestas del pueblo de al lado exigían un mínimo de medidas “por lo que pudiera pasar” véase linterna y móvil al bolsillo. Una vez hechas las compras y después de volver 3 días seguidos andando por mitad del monte los 6 km de separación entre el pueblo de al lado y el mío, comienza el experimento.
Móvil en casa, cartera en casa, todo en casa, el coche aparcado detrás de otros 2, para que no pudiese moverlo por ningún motivo. Camiseta, pantalones y zapatillas, porque en ese pueblo no hay un dios que camine con chanclas más de 15 metros sin morir; en el bolsillo solo 1 euro, por si al pasar por el bar se apetecía una cerveza. Para que funcionase, lo primero, dejar a un lado la mentalidad de la vida actual, alienarse y volver a los 60, o a otro siglo, por que no.
Tomarse una cerveza, sentarse en la peña a beber sangría como un descosido, disfrutar del paisaje, pasear o correr como un loco por esos caminos casi impracticables algunos, plagados de mosquitos, hacer el pasacalles armado con un kazoo y ahogar a medio pueblo con mostaza inglesa, o simplemente sentarse y quedarse horas mirando la nada; un rato para abandonarse a los propios pensamientos? Ni de coña, solamente mirar la nada.
Y se puede conseguir, sin ansiedad ni nada, a pesar de que lleve el portátil, que estuvo varias horas haciendo cálculos para el proyecto, y durante las comidas y cenas me dio algo de entretenimiento en forma de series, porque una cosa es no depender de la tecnología y otra es cenar mirando al techo por cabezonería radical.
Me ha gustado el experimento, y lo repetiré en el futuro, espero que pueda hacerlo en otras épocas sin el frenesí de las fiestas, que a pesar de ser un pueblo tan pequeño y despoblado, acaban dejando pocos ratos muertos.
Porque aún hay lugares en España en los que se puede uno alejar lo suficiente de la tecnología como para que ella no venga a incordiar, y yo tengo el mío. Sitios donde se puede estar 4 días sin mirar el móvil, sin ver la tele(basura), sin saber qué hora es, porque realmente no importa, se come cuando se tiene hambre, e igual para la cena, y no es igual para dormir, porque se duerme cuando se tiene sueño, no cuando se tiene hambre.
Sitios en los que uno puede en menos de 10 minutos alejarse de la civilización, internarse en el bosque, y no escuchar más que el rumor de la naturaleza, tal vez interrumpido por el correr de un rio. Donde por la noche, si uno levanta la cabeza, descubre que en el cielo hay más cosas brillando que la Luna, Marte y un par de aviones.
Un sitio donde uno puede pasar horas, solo o acompañado, en completo silencio, sin necesidad de decir nada, dejando pasar en cantidades insultantes ese valiosísimo tiempo que en la sociedad moderna nos empeñamos en inundar de frenesí a cada segundo.
Porque la vida se puede disfrutar de forma simple, y de vez en cuando todos deberíamos hacerlo.

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